Blog de opinión sobre actualidad social y política.

sábado, 18 de julio de 2015

Un pequeño cabrón

Desde 1936, el 18 de Julio es fecha de fatídico aniversario. Ese día, ese año, se sublevó un tal Francisco Franco, un pequeño acomplejado que se creía quién para dictar su voluntad y transformar la ley de forma que asegurase absoluto cumplimiento de sus caprichos. Franco murió en la cama en 1975, en lugar de ser brutalmente fusilado como habría correspondido a cualquier país cuyas gentes tuvieran dos dedos de frente. A su muerte, miles de personas se juntaron frente a la residencia oficial del dictador, mostrando su apoyo a la recién terminada dictadura y su disposición a lo que llamaron un “franquismo sin Franco”. Por suerte, el sucesor que él mismo había nombrado se decantó por la monarquía parlamentaria que defendiera la soberanía popular mediante sufragio universal, pero también se perdió así una valiosa oportunidad para pasar a cuchillo a los miles de hijos de puta que toleraban y apoyaban los fusilamientos de presos políticos, la opresión, la centralización cultural y social, la ausencia de libertad religiosa mediante la inclusión de una Iglesia muy lameculos en los papeles del Estado, etc. Y esos miles de imbéciles capaces de sentirse más cómodos con imposición que con votación siguen entre nosotros, camuflados como falsos demócratas que esbozan una sonrisa cuando la izquierda demanda abrir fosas y hallar cadáveres de quienes en la década de los 30 apoyaron la II República. Siguen ellos o sus vulnerables descendientes, que creyeron las gilipolleces que decía el abuelo.


La superación del franquismo aún está por llegar. Todavía no ha tenido lugar. Y es que España es el eterno retorno, la hipotética superación de conflictos que se olvida al surgir uno nuevo. Ni siquiera las guerras carlistas, provocadas por un payaso de feria como fue Fernando VII mediante la derogación de la Ley Sálica, estaban superadas cuando terminó el siglo XIX. Ni el desastre colonial del 98 había quedado resuelto cuando Franco se hartó de los rojos y pasó la navaja a cuellos republicanos. Y la consecuencia de todo esto es una acumulación del rencor, una continua terminología beligerante, un aún presente aire guerracivilista que se impone sobre la libertad de pensamiento y que, siguiendo la tradición, algún día explotará en nuestras narices para terminar de una vez con un Estado formado por la escoria de Europa. Explotará un general zumbado con mucho ego, un comunista resentido apoyado desde el ostracismo por la izquierda radical, un anarquista al que el capitalismo le haya hecho llegar un fusil, dos pistolas y tres bazucas.

Alguien explotará si en los colegios no se enseña que el pasado de España es el de un país glorioso venido a menos como consecuencia de la inaptitud de sus reyes, del revanchismo de sus gentes, de la religiosidad exacerbada de sus poderosos curas y sacerdotes. Los niños deben conocer lo gilipollas que fue Fernando VII, el modo en que sembró la división entre liberales y conservadores y cómo, a su vez, generó el pretexto que les serviría como excusa para darse de hostias durante todo un siglo. Deben recibir educación histórica, porque la historia sí es opinable. Enterarse de que la II República fue un fiasco por la sinrazón de sus principales impulsores, por medidas irreales que debieron ser proyectadas a largo plazo. Empaparse también de que el general Franco y sus misteriosamente fallecidos aliados –Mola o Sanjurjo entre ellos- debieron morir como dos siglos y medio atrás lo habían hecho los déspotas franceses: en la guillotina, ante el júbilo de un pueblo liberado de la semiesclavitud, o ahorcados y colgados en la plaza del pueblo, como Mussolini y su mujer yacieron durante semanas boca abajo en una gasolinera. En España faltaron huevos para eso, y así nos luce el pelo. Ya es tarde. Lo nuevo es la educación.

domingo, 12 de julio de 2015

Conquistar la prensa

Las páginas de los cuatro periódicos punteros (El País, El Mundo, ABC, La Razón) rebosan publicidad invasiva de grandes potencias económicas. Sobre el diario El País, por ejemplo, dicta Prisa y, por ende, el Santander, por lo que no es extraño encontrar una muy sutil manipulación en las noticias de índole económica, en lo que se convierte en una perfidia a los principios elementales del periodismo sano. El lector está obligado a leer el contenido por el que se ha interesado con el logotipo de conocidas marcas -esencialmente bancos- a ambos lados, exaltados en llamativos tonos. En las páginas, además, existe un diseño que provoca la aparición del anuncio en el centro de la pantalla durante los primeros (eternos) cinco segundos. Así, mientras uno espera a informarse sobre lo más recientemente acontecido en torno a Grecia, contempla publicidad de bancos que, como es obvio, consiguen así el silencio de los periódicos en los que se anuncian a cambio de un chantaje no escrito y quizás tampoco hablado. Si los bancos quitan los anuncios, los periódicos cierran.

Ocurre en los periódicos como en la vida misma: el entorno económico marca la forma de pensar, la ideología. Se cumplen por tanto los principios elementales de los filósofos de la sospecha, Marx, Nietzsche y Freud en el siglo XIX y otros tantos de ahí en adelante. Afirmaron que el pensamiento de uno debe ser contextualizado: donde para Marx es necesario conocer la situación económica que rodea a una persona porque ella marcará su forma de pensar e incluso de actuar, para Freud hay que analizar esos pensamientos y actos en base a la influencia del inconsciente, subversivo y manipulador. Los periódicos se acercan más al concepto marxista, porque es su necesidad económica la que les lleva a vender su línea editorial. Se convierten, y con ellos todos sus redactores (y qué decir de quienes editorializan bazofia ignominiosa de lo más variada), en estómagos agradecidos, máquinas creadoras de la mentira consciente y deliberada. Venden su imagen y venden a su público. Pero papel venden el justo, y ese es su otro gran problema.

Si el nivel del periodismo alcanza las más lamentables cotas vistas desde la Transición, es culpa suya. Todos, sin excepción, han prostituido la libre información, el periodismo entendido como verdad objetiva a cambio de algo (dinero). Lo han hecho regalando a través de Internet y aplicaciones de teléfonos móviles el contenido calcado de las versiones en papel. Columnas, noticias, artículos, editoriales, reportajes, entrevistas. Todo está en las aplicaciones y de manera mucho más cómoda, porque en ellas no hay enormes hojas que se separen ni tinta que manche el sofá. El mismo teléfono móvil, la misma pequeña pantalla, representa ahora una noticia sobre Grecia, esta noche un reportaje sobre las centrales nucleares y mañana un artículo de Javier Marías. No hace falta cambiar de teléfono ni añadir un menos a la cuenta de resultados de la tarjeta de crédito. El objetivo (como en toda empresa, y más en este capitalismo extremo que mercantiliza hasta la información) es mantener o aumentar los beneficios, con lo que la disminución de las compras minimiza el ingreso, y a menor ingreso corresponde menor gasto. Periodistas a la calle, becarios a puño, sueldos ínfimos, periodistas de aún menor nivel intelectual. El chiringuito se desmorona porque la información es pobre, quien la redacta es corto y quien la lee no paga. Y porque esa pobreza informativa es gratis, así que sus consecuencias son aún peores al convertirse su repercusión en ilimitada. El más vulnerable botarate puede leer y creer las falsedades vertidas en aplicaciones. Vertidas como lo que son: mierda.


Resumiendo: el sistema mercantiliza la información e impone su ley de la competencia egoísta a los medios de comunicación, llevándolos a regalar sus contenidos a cambio de ser más populares que el del edificio de en frente. Cuando el lector no paga, los medios se entregan a grandes concentraciones de capital para subsistir, cayendo bajo su dominio. Las mismas concentraciones, las mismas instituciones desalmadas y -al contrario de la imagen que proyectan- antidemócratas que conforman el propia sistema. La pescadilla que se muerde la cola otorga a la prensa libre la enfermedad de la mercantilización de la información y la precarización de empleos. Y, hecho eso, sólo hace falta rematarla. A poder ser, en el suelo e indefensa.

viernes, 3 de julio de 2015

El vómito de Carlos

Sorpresón: otro artículo vomitivo del derechón de Carlos Herrera. Publicado en todos los diarios de Vocento el fin de semana pasado, para más señas. "Los primeros estimulantes días del fiestón", el nombre del artículo, no es más que una sarta de generalidades, desvaríos e improperios insultantes a ojos de cualquier persona con un mínimo de sentido común. Gilipolleces varias puestas una tras otra. Gilipolleces, sí; me permitiré el lujo de faltar un poco a tan ilustre figura, como ha hecho él con los nuevos partidos hermanados con Podemos. Pero moderaré mis críticas, no sea que se lo tome a mal y vuelva a las andadas, contándonos su apasionante vida y sus trepidantes viajes.

"El despiporrante espectáculo que están brindando las diferentes candidaturas bendecidas por Podemos en las ciudades en las que han sido aupados al poder, bien por los votos o por las alianzas", por empezar por el principio, suena a reproche a los pactos que han desbancado a su queridísimo Partido Popular. Olvida Carlos que uno más uno es dos, y que dos es más que uno y medio, así que la unión de dos pequeños hace más que el teóricamente grande. Matemática de la más básica. Sigue: "La foto de los concejales triunfantes del Ayuntamiento de Zaragoza dejando el pleno al ser elegidos parecía la borrachera de estudiantes recién salidos de la taberna de la facultad: más de un maño se habrá preguntado, inquieto, si esos tipos van a ser los que solucionen los problemas de la ciudad". Claro que las pintas con las que se presentaron los vencedores y futuros alcaldes fueron la lamentable prueba de que por los ojos se ganan elecciones (y su imagen de descuidados no es más que pose revolucionaria que convence a simplones de izquierdas). Pero de ahí a que eso vaya a empañar necesariamente su gestión en la alcaldía, amigo, hay un paso muy grande. Refiriéndose a Kichi, afirma: "Veremos si hace obra en su despacho para reducirlo, ya que ha resultado «más grande que la casa donde vivo» (sic), con lo que los ciudadanos podrán estrenarse discutiendo si gastar dinero en una reforma para evitar que el de la comparsa se sienta incómodo por sentarse en un despacho amplio". ¿Realmente pensará que puede ser una traba en su labor como alcalde el tener un gran despacho? Seguro que para la facha de su antecesora, aquel vejestorio agarrado al trono, no lo fue. Así que Carlos, en su habitual simpleza argumental, no encontró puntos débiles para criticarla. O no quiso encontrarlos. En cualquier caso, el flamante fichaje de la Cope se encarga de dejar claro que ha estado en ese inmenso despacho. No nos vayamos a pensar que este es un periodista libre que no visita despachos de alcaldes peperos para que le den de comer. De eso no hay.


Sobre el nuevo alcalde de Valencia, dice el grave más presuntuoso de la radio española que "ha gestualizado con lo inevitable: el infantil gesto de no querer la vara de mando ya que él plantea una gestión «abierta y dialogada», muy lejana de lo que conlleva dicha vara. Igual se cree que los alcaldes están obligados a llevar como un apósito susodicho bastón, incluso en los viajes al excusado". A nuestro amigo le viene grande cualquier simbolismo abstracto. Sobre Zapata también se pronuncia: "a este pobre imbécil le han dejado 'solo' de concejal de a pie gracias a su descomunal sentido del humor". Así que admite Carlos que por el sentido del humor puede uno perder su cargo. Cuando ABC, diario del que cobra, ocupaba la portada con una foto de Hitler saludando a niños para resaltar la afabilidad con que lo hacía o cuando apoyaba incondicionalmente el franquismo olvidó pedir dimisiones. Será porque eso no era humor sino teóricamente un diario serio. Teóricamente. No se olvida Carlos de mirar al PSOE: "Todo gracias a esta triunfante fiebre populista. Aupada por sus votos y por el apoyo entusiasta del PSOE de Pedro Sánchez, al que ya veremos si algún día habrá que pedirle explicaciones". Y menos mal que el benefactor del auge populista bolivariano y comunista no ha sido el mismísimo Diablo: Zapatero. Vade retro, Satanás.

domingo, 28 de junio de 2015

Tolerar a intolerantes

La religión llevada al extremo por los subnormales de turno vuelve a cobrarse víctimas mortales. Subnormales intolerantes que tratan de poner sus creencias religiosas por encima de las creencias de otras personas y, en clara muestra de profunda gilipollez, por encima de vidas humanas. Creyentes del islam, es decir, musulmanes, atentando contra personas al tiempo que consideran intolerable comer cerdo. Qué paradójico y al mismo tiempo representativo del sinsentido que representa la religión: creencias inculcadas cuyo arraigo se basa precisamente en el afecto a quienes las inculcan. Traición del subconsciente de los más vulnerables: los niños. No es ese mi argumento preferido en contra de la religión, ni es su esencia la que quiero cuestionar. Prefiero centrarme, por lo que hemos conocido estos días, en la intolerancia religiosa, que no es lo mismo que la religiosidad en sí sino una vertiente de la misma. Ser religioso no implica ni mucho menos ser intolerante, por lo que musulmanes, cristianos, judíos o creyentes de absurdos mitos son respetables, por más que las invenciones en las que creen sean simples proyecciones idealizadas del humano. Proyecciones que, además, le restan valor por compararlo a un ser ideal y supremo –eso precisamente denunció Feuerbach en el siglo XIX-.

Intolerancia. Claro que en su esencia no es buena, pero hay casos y casos: intolerancia con zumbados que empuñan cuchillos y degüellan periodistas es necesaria y única vía de supervivencia. A esas personas no se las puede tolerar ni respetar, sólo se las puede detestar, odiar y, si se da el caso, aniquilar. Porque la simpleza de su argumento es mayúscula: como yo creo en esto y tú en eso, pim pum, dos tiros en la nuca y asunto arreglado. Genocidio de personas por sus creencias. Si nos escandalizan los presos políticos, a quienes se arrebata la libertad por sus ideas, también deben escandalizarnos los muertos religiosos, que son privados de su vida por sus creencias. A una persona, decía Ortega y Gasset, se la conoce por sus ideas, no por sus creencias. Más absurdo aún, por tanto, matar por creencias que apresar por ideas. Cuando tuvo lugar el asalto a Charlie Hedbo, nuestro brillante Presidente del Gobierno afirmó que no, que eso no tiene nada que ver con la religión. Qué cachondo. Matan por Alá pero no lo hacen por motivos religiosos. Mariano, majete, nadie quiere acabar con las religiones, pero es incuestionable el daño que pueden llegar a hacer cuando, prometiendo el paraíso cuando acabe la vida, se convierten en máquinas destructoras que pueden llegar a desear la muerte y relacionarla con la felicidad absoluta. También la cristiana, sí: San Agustín opinaba que la felicidad absoluta se basa en la posesión o fruitio de Dios y que ésta no se puede dar en vida porque, al ser todo efímero, el miedo a perderlo nos resta felicidad. Hacen creer que la felicidad está por llegar y aseguran que se encuentra allá donde nunca hemos estado, en la muerte, que no deja de ser ausencia de Ser, es decir, que en la muerte no hay nada, y por tanto tampoco puede haber felicidad. Nadie muere y sube al cielo por las escaleras mecánicas,  ni pierde su alma porque no tiene tal cosa. Agarrarnos a ese clavo ardiendo, Mariano, es una valiente chorrada; claro que estos asesinos sin piedad matan por religión y claro que su psicosis mental tiene que ver con sus creencias (en concreto, con una mala interpretación de su libro sagrado).


Así que lo único que podemos hacer es restringir su campo de acción. Ya en 2013 los musulmanes más intolerantes dieron guerra: Miss Mundo acabó cancelando el desfile en bikini por las fuertes protestas de algunos puritanos. Y hace unos días, aquí en España, más protestas. Con pancartas y todo. No a los bikinis, sí a su ilegalización. Todo tiene explicación: la cultura machista del islam (que también comparte el cristianismo, basta leer la Biblia) trata de reprimir a las mujeres y convertirlas en meros objetos que el hombre pueda manejar. Y cuando se cerciora de que las mujeres no darán problemas, escondidas bajo un oscuro y humillante velo, va a por el resto de hombres. Para más señas, todos los que no sean musulmanes. Quienes asesinan cristianos son los mismos que obligan a poner velos, pero elevados al cubo. Su origen es el mismo; la meta, ilimitada, de modo que permitir el uso de velos es ser cómplice del germen que crea asesinos y genocidas destructores de otras culturas, de otras creencias, de otras ideas. No a los velos como no a su sucedáneo, el genocidio. No al hiyab, al niqab, al burka o a cualquier medio de opresión. No a la teórica superioridad basada en el más puro azar del sexo bajo el que cada cual nace. No a la intolerancia religiosa. En Europa sabemos mucho de intolerantes; nuestro siglo XX está plagado de idiotas que asesinaron por creerse quiénes para hacerlo: el holocausto nazi o las purgas estalinistas son sendos ejemplos. No podemos permitir que vengan estos a contarnos qué sí y qué no se puede permitir. Todo es permisible, salvo aquellos que no permiten. Para ellos, vuelo de vuelta o cadalso. Es su elección.

sábado, 20 de junio de 2015

Mandarinas

Agárrense que vienen curvas. Y 'spoilers', así que si no han visto la película titulada igual que este artículo, dejen de leer. Si Mandarinas fue nominada a los Óscars, a los Globos de Oro y a los Satellite Awards, no fue por casualidad. El mensaje de esta película estonia del año 2013 es tan claro y conciso como su minutaje -escasos 80 minutos-: no a la guerra. Pero indagando más en la idea que la película quiere transmitir, y desde mi modesto análisis del cine de autor (no soy yo ningún cinéfilo empedernido sino un simple espectador más), tiene muchos matices. Vayamos al grano.

Por encima del espíritu anti-bélico que Mandarinas transmite, cabe destacar el llamamiento a la racionalidad por encima de las pasiones patrióticas característicamente irracionales. La razón, así como la moderación y la mediación entre conflictos candentes quedan representadas en la figura de Ivo, estonio que vive en una casucha perdida en el campo georgiano. Es la suya una casa simple, sencilla, pero cuidada en su interior, acogedora y cálida. Pero, dentro de la simpleza, entre ella y el protagonista, Ivo, se entabla un paralelismo lleno de semejanzas: exterior superficial y descuidado (pelo tirando a largo, rostro arrugado, barba desaliñada) combinado con un interior gratificante, agradecido, cercano. Lo que entre nosotros llamaríamos una buena persona. Por encima de su personalidad más cordial destaca su capacidad para razonar abstrayéndose del conflicto que vive en primera persona, una cruenta guerra civil que termina por arrasar la casa de su único amigo y colaborador.

Lo paradójico del destino queda claramente representado en esta lenta pero profunda película. Llámenle film, si están a la moda. El hijo de Ivo fue asesinado combatiendo en la mencionada guerra civil por un georgiano y, de hecho, es el cadáver enterrado de su hijo el único vínculo que mantiene el protagonista con la tierra que se resiste a abandonar a pesar de la insistencia de sus amigos y familiares. Tras caer heridos un checheno y un georgiano frente a su casa, Ivo tiene el deber moral de recogerlos y ayudarles a curarse en su propia casa. Deber moral que, en todo caso, no hace sino elevar a lo inalcanzable su buena voluntad y su compromiso social. Tras morir asesinado el georgiano en la mejor escena de la película, cerca del final de la misma, queda enterrado junto al hijo de Ivo, cuyo nombre no se llega a conocer. Asesinado por un georgiano, yace muerto junto a un georgiano. Poco importan esos detalles que remarcan el absurdo de la existencia.

El mensaje que transmite Mandarinas es por encima de todo pesimista: a pesar de los intentos del entrañable protagonista, con quien el espectador enlaza un vínculo de respeto y admiración, la irracionalidad del patriotismo o la religiosidad exacerbada acaban sobreponiéndose a la razón como vía de apaciguamiento. La muerte del principal amigo del protagonista y el mencionado asesinato del georgiano que éste acoge son el resultado de un ataque de cuatro capullos chechenos que, para júbilo del espectador, acaban masacrados. Y ese es un matiz cuanto menos curioso: el llamamiento a la razón pierde importancia cuando es el mismo espectador quien se alegra al ver la muerte a tiros de cuatro personas. Tal es la importancia de los sentimientos y tal es el nivel al que la razón está supeditada a ellos.

El director, Zaza Urushadze. Es improbable que vuelvan a oír de él, pero su nombre es digno de ser apuntado. Como el de Lembit Ulfsak (Ivo) o Giorgi Nakashidze (el checheno). Si de alguna manera llega el mensaje de la película es a través del buen hacer de sus actores.

martes, 16 de junio de 2015

Humor

El humor es el mayor salvoconducto de la democracia. Reside en él la capacidad de bajar del pedestal los asuntos puntillosos y al mismo tiempo intrascendentes que ocurren en nuestro día a día: tragedias como asesinatos masivos en ataques terroristas o catástrofes naturales inevitables, pero también pequeñas tonterías, como el clásico resbalón con una cáscara de plátano o el simple tropezón que pone la atención sobre quien lo sufre. El humor no es más que la simplificación del mundo con el objetivo de producir risa (y por tanto diversión) a costa de él mismo, es decir, de todos nosotros, en tanto que habitantes. Es una simplificación dolorosa; y lo es porque aceptarla implica reconocer la evidente intrascendencia de nuestro paso por el mundo, el sinsentido que representa nuestra vida. Hasta de muertes se puede reír uno.

Claro que el humor, como todo, tiene categorías. El humor inteligente, por ejemplo, es apolíneo, racional, rebuscado y escondido, porque su comprensión depende de una formación externa al más simple y elemental gracejo. En otras palabras, la esencia del humor inteligente reside fuera de él, en otro ámbito distinto, que pertenece a la política, la religión o la filosofía. La base sobre la que se asienta este tipo de humor es meramente externa. Otra línea humorística sería, por ejemplo, el conocido como humor verde, que es grotesco, pueril, fútil, banal, superficial y simplón. Es tan simple que gira en torno a cagar, mear y follar, sin más recurso que la mofa sencilla y benévola, porque si alguna ventaja tiene este tipo de gracia es que no suele tener maldad. El humor negro, finalmente -y en gran simplificación de los distintos tipos-, es el que más oscuro trasfondo esconde, el más verdadero y sincero, pero al mismo tiempo cruel, despiadado e incompasivo. Su mayor logro es aislarse del mundo hasta el punto de no sentirse afectado por las opiniones que éste vomite, consiguiendo una externalidad que se torna en superioridad y despreocupación por los juicios que desde fuera tratan de derrumbar todo lo que no acompaña a la sociedad. Es el equivalente al Superhombre nietzscheano en la escala de lo humorístico, porque erradica creencias y sistemas morales actuales. El humor negro hace mofa a costa de Irene Villa o los hijos de Bretón, evidenciando, como ya se ha explicado, que hasta de tragedias y muertes se puede reír uno, es decir, entra en todo cuanto exista sólo por existir y lo hace intrínsecamente. Es por tanto ilimitable, y su limitación responde al obsesivo ocultamiento de lo oscuro y lo trágico que acompaña a nuestra pusilánime sociedad del siglo XXI, incluyendo, cómo no, la muerte. Y la crueldad que entraña la jocosidad basada en desgracias es tan evidente que se entiende rechazable, pero nunca condenable ni limitable por los motivos ya expuestos. La supremacía de lo trágico en el humor negro sólo es comparable a la burla de la desgracia que acompañaba a los esperpentos de Valle-Inclán, a los dramas de Lorca o a la tragedia de Wagner.

Recientemente se han conocido -interesadamente, como siempre- burlas grotescas de futuros cargos políticos del ayuntamiento de Madrid, puestos que han alcanzado apoyando la candidatura de Manuela Carmena a través de Ahora Madrid. Uno de los linchados por la debilidad social ha sido Guillermo Zapata, hipotético futuro Concejal de Cultura, a quien se ha fustigado por tweets de 2011 en los que demostraba su afición por el humor negro. La derecha española, escandalizada con el gobierno de la para ellos tan temible y demoníaca izquierda, ha atacado a personajes como él argumentando una falta de humanismo e incluso apoyo a barbaridades recientes que todos, incluyendo quienes ríen de ellas, condenamos, como el Holocausto judío o el asesinato de Marta del Castillo. En esta penosa campaña, impulsada desde las redacciones de los principales diarios que han tenido que remontarse hasta 2011 para encontrar un arma con que atacar a la nueva política, es una muestra más de lo putrefacta que es la caverna mediática española, con El País, La Razón, El Mundo y sobre todo ABC a la cabeza. Nos hemos encontrado con medios que aún no han condenado el franquismo reclamando la dimisión de quien ha bromeado con el Holocausto, una forma de darwinismo social que desarrolló el régimen nazi, que a su vez ayudó al propio Franco a ganar la Guerra Civil. Han salido, por otra parte, miembros del Partido Popular (Carlos Floriano) a decir, parafraseando a Monedero, que "en política el perdón se conjuga dimitiendo", cuando ellos mismos han olvidado esa cita en numerosos casos de corrupción, empezando por las cercanas muestras de cariño del Presidente del Gobierno al imputado tesorero del partido que aún gobierna.

Resulta escandaloso el afán por la corrección política que muestran los propios ciudadanos, que ignoran el escaparate de falsedad y ambigüedad que ella implica. Los políticos políticamente incorrectos podrían y deberían ser el futuro, al haber en ellos una sinceridad y naturalidad que de otra manera se hace imposible de mostrar. Si asumimos que las bromas que tienen que ver con judíos reducidos a cenizas equivalen a apoyo al nazismo, y si, peor aún, entendemos que esas gracias implican un déficit necesario en la gestión del bromista en cuestión, tenemos un problema de base. Los sucesos lamentables de medios tergiversadores esclavos del poder antiguo vendiendo información a un pueblo dócil y vulnerable demuestran que no hemos entendido nada de lo que significa el humor. No hemos entendido nada del mayor salvoconducto de la democracia.

viernes, 12 de junio de 2015

Las lecturas de la Botella

Ay amigo. Que sobre los politicuchos que manejan Españistán como les sale de los mismísimos se ha escrito ya mucho, pero es inevitable llamar la atención sobre una de sus más recientes hazañas. Una más para sumar a la lista de ridículos registrados por los de la vocación pública fingida y frustrada. Ya ni sorprende.

Nuestra víctima de hoy será la mismísima alcaldesa en funciones de Madrid, la única e inigualable, la que gobernó una ciudad a pesar de su nula aptitud y total discapacidad psíquica y gnoseológica: Ana Botella. Sí, la esposa del bigotes que creó la burbuja inmobiliaria. La mujer de Aznar, el expatriado corrupto que, para su suerte, aún no ha sido investigado. O bueno, quizás lo haya sido pero sus sobornos hayan podido con un juez corruptible. Quién sabe. A estas alturas estarán intrigados por conocer ese espantoso ridículo de la Botella, que, además, no es el primero -ni el último, a buen seguro-. La tía apareció hace unos días en el Convento de las Trinitarias, ya saben, donde les ha dado por molestar a las apacibles monjitas durante los últimos meses para, azada en mano, buscar los restos del mejor escritor de la Historia de España, Miguel de Cervantes. Encontraron su tumba, o la que se sospecha que pudo ser su tumba, marcada con las iniciales MC, dieron por hecho que era él, hicieron las maletas y se lo llevaron. En el laboratorio, evidentemente, ninguna ciencia pudo comprobar que los restos pertenecían al autor de El Quijote (en este punto no hace falta que matice que sigo hablando de Cervantes, ¿no?). Pero bueno, y la ciencia qué más da, si las iniciales corresponden a las del hombre al que buscamos, pues oye, seguimos para delante.

Estamos, entonces, en el Convento de las Trinitarias. La situación es kafkiana: se sobrepone sobre el lugar en que teóricamente está enterrado don Cervantes una placa que se encuentra tapada por una bandera de España. Ya saben, para la inauguración. Hay por ahí todo tipo de personalidades de la alcaldía de Madrid, entre ellas, por supuesto, la aún alcaldesa; también hay, por algún motivo, unos tíos vestidos de militares, portando todas las rojigualdas que habían encontrado en el chino de la esquina y un gorrito de lo más chick. Empieza el tema, así que los militares se dirigen, con paso firme y consolidado, mirada al frente, rostro serio y gesto de responsable orgullo, hacia la placa bajo la cual yace Manuel Casado, o Miguel Corona, o Maximiliano Cardoso, algún pobre hombre que jamás habría sospechado ser perturbado de la tranquilidad de la inexistencia cuando fue enterrado hacia más de cuatro siglos. Algún pobre señor que unos idiotas han removido para aparentar sacrificio por la cultura. A estas alturas de la película. Los militares se detienen y Botella mueve con elegancia la bandera española que recubría la placa. Qué grandilocuencia, clap, clap, clap. Aplausos para la alcaldesa, la Grande de España, qué guapa estás y súbeme el sueldo, que con esto no me da para el mantenimiento del yate. Así, de repente, por sorpresa, empieza el discurso, y con él lo mejor de la mañana. La charla de la Botella está plagada de elogios al que (el asesor que elabora los textos) considera un escritor magnífico, un hombre que merece ser recordado hasta la posteridad. Botella elogiando a Cervantes es, como poco, para que el hombre (él o Maximiliano Cardoso, quien sea) se incorpore, agarre un objeto punzante y se lo arroje a la cabeza. Botella, la más lamentable gestora de lo público que ha visto Madrid y toda España en los últimos años. La del café con leche en Plaza Mayor. La que no ha leído un libro en su vida, tardó por lo menos treinta años en oír hablar de Cervontes (se escribe así, ¿no?) y dedica sus ratos libres, a buen seguro, a ver el Sálvame. Y viene aquí la tía, muy orgullosa ella, rodeada de corbatas y vestidos elegantes, a darnos una clase de Literatura, a explicarnos el bien que ha hecho Miguel a España y a la literatura en general. Junto al nombre del escritor del Siglo de Oro hay una cita de su libro "Los trabajos de Persiles y Segismunda". Qué paradoja que tal cita esté justo tras Ana Botella, que ni ha trabajado nunca ni conocía ese libro antes de ese día. Dice que si está allí es para honrar los restos de alguien que lo merece, pero su sola presencia es toda una deshonra. Lecciones las justas si vienen de la incultura y la incompetencia personificadas. Váyase señora Botella, váyase. A su lujosa casa con su prestigioso marido. O al carajo.